Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

Category: Textos breves Page 1 of 2

Paréntesis

Paréntesis

La vida entre dos cristales,
desde los que se desarrolla el drama,
del encierro y de las notificaciones.
De lo incierto.

Encerrados, todos como variables,
entre paréntesis,
esperando a ser despejadas.

De la duda y del temor.
Del encierro y de lo incierto.

Atrapados entre los paréntesis de nuestras ventanas,
bailamos y reímos,
brincamos y jugamos,
trabajamos, pintamos y escribimos.

También rezamos.

A veces alegres, a veces enfadados.
Asustados y desesperados.
Queriendo entender cómo es que (la vida) ha quedado suspendida,
congelada entre los paréntesis de lo incierto.

Esperando a ser despejada.

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Intoxicación, sobredosis de información

Intoxicación

Intoxicación.

El asco sube desde mi estómago, por el esófago, hasta llegar a mi boca, solo para ser deglutido de nuevo y quedar almacenado en algún lugar de mi cuerpo; el mismo en donde están todos mis silencios, mis secretos y mis miedos. Ahí el asco encuentra su lugar con novedosos nombres. Punzantes y peligrosos. Ingrid Escamilla, Fátima, Corona Virus. Covid-19. Los protagonistas del drama de los últimos días que danzan una y otra vez ante mí, aunque todos ellos sean sinónimo de dolor y de muerte.

Los miro aterrado e hipnotizado al mismo tiempo.

Sin que me dé cuenta se convierten en una nueva y pequeña adicción a la que vuelvo y regreso cada vez que puedo, con los desesperados gestos de mis pulgares sobre la pantalla luminosa de un celular que es un lugar sin luz cuando está apagado.

Mi tacto sobre aquella pantalla es la clave morse de la angustia colectiva, gobernada por tendencias y por likes.

Al finalizar el día, no puedo más.

Me siento abatido, seguro de que todos juntos avanzamos hacia un abismo negro en el que, en realidad, vivimos ya desde hace muchos años, cuando empezamos a jugar a estar sobre comunicados.

Intoxicación.

Sobredosis de información.

En silencio me hago un juramento: cada de vez en cuando me regalaré un día sin noticias, sin estadísticas, sin hashtags ni nombres perdidos. En cambio, tomaré de la mano a aquellos que amo, los abrazaré fuerte, fuerte, fuerte, pasearemos por las calles, por los parques, comeremos helados y jugaremos una y otra vez a ver cómo se pone el sol en un mundo que hoy sigue aquí y que, pese a todo, sigue siendo maravilloso.

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Día de muertos

¿Y si en este Día de Muertos nos vestimos de flores?

Si nos abrazamos fuerte para acabar con ese frío que viene de adentro y al que en otros lugares llaman miedo.

Si bebemos nuestras lágrimas hasta que nos quiten la sed y el llanto eterno sea solo un recuerdo.

Si nos miramos y nos reconocemos y nos abrazamos y nos morimos.

Y en silencio nos tocamos y nos vestimos de flores.

Y entonces, juntos, vivimos de nuevo.

(Para N.)

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Brumosos

Mi akitaSoñé con objetos brumosos.

Las cataratas en los ojos de Taro, el perro que tuve cuando me supe adolescente.

Una akita fuerte, fiel, amorosa y silente.

Un animal que se quedó ciego con el paso del tiempo, como nos quedaremos todos aunque sigamos viendo.

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Aerostatos

Foto: By Prudent René Patrice Dagron (1819–1900)[1] [Public domain], via Wikimedia Commons.

En un principio, por la bruma, era imposible verlos.

Uno tenía que acercarse despacio, para empezar a reconocerlos. Blancos, siempre blancos, flotando suspendidos como deseo inconclusos, deseos jamás soñados, deseos no realizados.

Cuando el viento soplaba se movían todos juntos hacia la misma dirección, como si los uniera el material genético de una sola persona.

Los globos comenzaron a aparecer en las azoteas después del sismo. Un rumor generado en el rincón más oscuro de nosotros mismos se esparció por las calles destruidas de la ciudad: ahí en donde hubiera temor era necesario colocar un globo blanco para exorcizarlo. Había que soplar al miedo en él y luego terminar de llenarlo con helio para el que el globo se elevara y flotara fuera de casa.

Algunos consideraron la idea absurda, pero los angustiantes sueños de aquellas noches sin dormir los obligaron a pensárselo de nuevo. Infantes, hombres, mujeres y ancianos, cada uno sopló un globo blanco y lo colocó en la azotea de su edificio, creando así entre todos un ridículo paisaje de aerostatos blancos flotando por siempre en la ciudad del miedo.

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Siete días

A. me miró y confesó que había ido a ver a la maestra con la que los niños van cuando se sienten tristes.

—¿Quién es ella? —pregunté curioso, pues jamás oí hablar de alguien así.

—No me acuerdo cómo se llama, pero cuando vas con ella se te quitan las ganas de llorar.

Solo habían pasado siete días del temblor. Siete días de un miedo impregnado. En todos y en todo. Siete días de mirar atónito. De no dar crédito. De quebrarnos y levantarnos, casi al mismo tiempo.

Siete días de gente con el puño en alto, pidiendo silencio. De Fridas y Titanes. De dolor. De extraña inspiración. De heroicos jóvenes y heroicos viejos. Sacerdotes y militares. Creyentes y ateos. Mexicanos y extranjeros.

Siete días de contener muros agrietados con polines, con vigas, con lo que sea.  Siete días de contener nuestras emociones.

Y sí: de contener el llanto.

Al escuchar a mi pequeño de siete años deseé también poder ir con aquella maestra capaz de curar la tristeza y, seguramente también los sueños malos, las traiciones, los fracasos, las desesperaciones. Deseé tener la certeza de que ya no habría más temblores en mi país, ni en mi alma, ni en ningún otro lado. Deseé creer que todo estaría bien, que en algún momento el dolor cesaría y que la vida irremediablemente continuaría.

Deseé también no olvidar lo que sentí durante estos siete días, porque a pesar de todo me supe acompañado, amado y extrañamente vivo.

Siete días. Y al final, solo y en silencio: lloré.

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Los Golems

Un Golem de piedra.

Dicen que cuando mueren los Golems dejan una flor.

En el lugar preciso en el que su cuerpo se esfuma surge de la nada la vida nueva, perpetuando un recuerdo, un momento, una ilusión.

Dicen que en vida los Golems fueron fríos, duros, de roca, de hierro y algunos de hielo. En su interior, debajo de esa compleja estructura articulada por el coraje hacia su creador, un secreto ellos guardaban.

Secreto que sólo pudo ser revelado al momento en que cayeron aniquilados aquellos imponentes gigantes fieros.

Una flor.

¿Qué secreto revelaremos nosotros, simples humanos, el día en que caigamos?

¿Seremos Golems de flores y recuerdos?

¿O espectros sensibles sembrando olvido a donde quiera que vayamos?

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Viernes

Papá se quedó sin trabajo el viernes pasado. Ese día llegó a casa temprano, transformado.

Me abrazó.

No dijo nada en torno a lo sucedido, pero me invitó a caminar descalzo en el jardín y luego fuimos por una paleta helada. En sus ojos había algo distinto, como si de pronto nada obstruyera la luz que los iluminaba. Como si ya no hubiera sombras, ni dudas, ni angustias, ni miedos, ni absurdos, ni juntas, ni métricas, ni presentaciones, ni permisos para salir de vacaciones, ni aviones, ni turbulencias. Como si en lugar de todo aquello solo estuvieran él y su esencia.

Comimos temprano y fuimos al parque a jugar beisbol. Él reía y eso me hizo sentir bien. Desde hace mucho tiempo no lo veía así. Y es que ese hombre flaco y sin pelo que es mi papá, se había convertido en una especie de sombra que estaba ahí, pero sin estar presente. Una idea nada más, algo así como un recuerdo o como el personaje de un sueño feo con el que no quieres hablar, ni jugar. Alguien a quien jamás puedes abrazar. Un ser al que sabes presente, pero que adivinas siempre ausente.

Lanzamos la pelota por más de una hora y el sonido seco de la misma en las manoplas me pareció como el latido fuerte de su corazón que regresaba al lugar al que pertenecía. Contagiando fuerza, vitalidad y alegría.

Luego de lanzar y cachar, papá sacó una manzana de su mochila y con sus manos grandes de dedos pálidos y delgados, la partió. Me regaló una mitad y devoró la otra.

Espalda con espalda nos sentamos y permanecimos en silencio hasta que llovió.

Sí: Papá se quedó sin trabajo el viernes pasado, pero ese día finalmente volvió.

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Señor del Absurdo Decreto

El señor se sabía tan poderoso que, por decreto, cambió el significado de las palabras. De ese modo cirugía ya no significó “parte de la medicina que se ocupa de curar las enfermedades, malformación, traumatismos, mediante operaciones manuales o instrumentales”, sino que “examen químico de una muestra orgánica o inorgánica, que consiste en determinar la naturaleza y proporción de las sustancias que la componen”.

Los médicos se miraron perplejos.

Uno de ellos se atrevió a cuestionar el cambio y la lengua le fue amputada.

Al día siguiente fallecieron tres mujeres que debían ser sometidas a lo que antes era una cirugía y a las que simplemente se les practicaron unos análisis.

Después de eso el mundo entero guardó silencio sabiendo que, poco a poco, tendría que volver a aprender el significado de las cosas.

Por capricho. Por poder. Por decreto.

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Corona marchita

Foto: Del Instagram de alaina_victoria3

Soy el Rey de las Flores Marchitas.

El que a mitad de la noche trajo el silencio para esparcirlo en tu cuerpo desnudo e indefenso.

Soy el que impregnó el dolor, el que desapareció de cada portarretratos, de aquellos momentos felices en los que reíamos encantados. Miradas destellantes, llenas de vida, condenadas -aunque no lo supiéramos- por mi posterior ausencia.

Soy yo el que incendió recuerdos, el que bebió amaneceres hasta emborracharse con ellos. El que anduvo sin rumbo, pero con la esperanza de que algún día, en algún lugar, pudiera encontrarte de nuevo.

Soy el Rey de las Flores Marchitas, con mi corona de girasoles secos, esperando que algún día una chispa los encienda para transformarlas en ceniza. Para que entonces la muerte reseca y ambigua deje de rondar en mi cabeza.

Soy el arrepentimiento, aunque no me lo creas, el ser que quisiera desandar ese camino de enredos para llegar al centro de sí mismo. A ese sitio en donde todo es simple, en donde las flores están vivas y mi amor por ti puede volver a ser eterno.

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