Tengo un monstruo mío.

Habita en mi casa y cada vez que me ve orina de emoción. A veces gruñe, a veces resopla, siempre se acerca para tratar de devorar mis miedos, mis absurdos, mis inseguridades. Para lamer las heridas en mi corazón.

Tengo un monstruo mío, una adorable bestiecilla que roe huesos y cartílagos. Pasa las noches en vela como si fuera un centinela y si yo aparezco descalzo entre tanta sombra de inmediato se levanta para olisquear mis pies.

Mi monstruo es pequeño, de colmillos afilados.

Mi monstruo es temeroso y tierno.

Juega con los niños.

Le gusta acompañarme a correr y lo puede hacer a lo largo de 19 kilómetros. Me voltea a ver ocasionalmente con algo parecido a una sonrisa dibujada en su hocico.

Roba suspiros con su moño rojo atado al blanco pelaje que envuelve su cabeza. Fascina a las niñas que la siguen con atención.

Mi monstruo, mi adorable bestiecilla, me ha acompañado en los días de sombra, los días de extravío, los días en conflicto conmigo mismo. Me ha levantado el ánimo más de 300 veces con su noble alegría, sus brincos y sí: hasta con su orina.

Tengo un monstruo mío que se llama Mía.

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