Intoxicación.

El asco sube desde mi estómago, por el esófago, hasta llegar a mi boca, solo para ser deglutido de nuevo y quedar almacenado en algún lugar de mi cuerpo; el mismo en donde están todos mis silencios, mis secretos y mis miedos. Ahí el asco encuentra su lugar con novedosos nombres. Punzantes y peligrosos. Ingrid Escamilla, Fátima, Corona Virus. Covid-19. Los protagonistas del drama de los últimos días que danzan una y otra vez ante mí, aunque todos ellos sean sinónimo de dolor y de muerte.

Los miro aterrado e hipnotizado al mismo tiempo.

Sin que me dé cuenta se convierten en una nueva y pequeña adicción a la que vuelvo y regreso cada vez que puedo, con los desesperados gestos de mis pulgares sobre la pantalla luminosa de un celular que es un lugar sin luz cuando está apagado.

Mi tacto sobre aquella pantalla es la clave morse de la angustia colectiva, gobernada por tendencias y por likes.

Al finalizar el día, no puedo más.

Me siento abatido, seguro de que todos juntos avanzamos hacia un abismo negro en el que, en realidad, vivimos ya desde hace muchos años, cuando empezamos a jugar a estar sobre comunicados.

Intoxicación.

Sobredosis de información.

En silencio me hago un juramento: cada de vez en cuando me regalaré un día sin noticias, sin estadísticas, sin hashtags ni nombres perdidos. En cambio, tomaré de la mano a aquellos que amo, los abrazaré fuerte, fuerte, fuerte, pasearemos por las calles, por los parques, comeremos helados y jugaremos una y otra vez a ver cómo se pone el sol en un mundo que hoy sigue aquí y que, pese a todo, sigue siendo maravilloso.

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