Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

Category: Ejercicios

Humo mío

Trabajaba en una fábrica de mesas y su encanto por el humo surgió en ese lugar. Durante años lo ignoró, quizás ciego a su maravillosa danza, a sus sutiles movimientos, a sus infinitas y suaves caricias al viento. Ahora no podía dejar de mirarlo. En cuanto comenzaba a pirograbar su atención se centraba en el humo, no en el diseño sobre la madera tierna.

Se sentía cautivado, hipnotizado y con el absurdo deseo de poder tocarlo. Quería guardarlo en un frasco, en una jaula, coleccionarlo. Quería que el humo fuera suyo y de nadie más. Que su movimiento se volviera eterno, que lo envolviera para nunca dejar de cautivarlo. No solo quería al humo: lo amaba y en absurdos momentos de delirio pensaba en dejarlo todo por él.

Pese a su amor el ser etéreo se le escapaba, lo evadía, se disipaba y él terminaba mirando los trazos quemados sobre la madera sin vida, sin sentido, tras las largas jornadas de trabajo.

La última vez que lo vieron fue la tarde antes de la tragedia. Dicen que salió temprano argumentando una cita con el doctor. Dicen que se marchó serio, dubitativo, murmurando algo acerca de la ambigüedad del deseo. Era un hombre viejo, callado e introvertido: un extraño en el lugar de trabajo.

La fábrica se incendió de noche y de ella no quedó más que ceniza y fierro retorcido. Una vez que el fuego fue controlado el humo se disipó para volver a ese sitio en el que no hay absolutamente nada. Ni sentimientos, ni emociones, ni ilusiones.

Solo vacío.

Foto: Jeff*Martin

Share This:

Líquido

La primera vez el agua no estaba arriba, como ahora, a manera de cielo en tu mirada, desafiando a la Ley de Gravedad.

La primera vez el agua eras tú.

Te rodeaba, te mecía, entraba por tus fosas nasales, impregnaba tus ideas, te daba vida.

Luego la abandonaste, saliste de ella, comenzaste a existir. Respiraste, reíste y lloraste con lágrimas formadas por ese mismo líquido amniótico almacenado en alguna glándula de tu cabeza.

Desde entonces te sentiste irremediablemente atraído por cualquier líquido: por la alberca en la que te sumergías a llorar cuando no comprendías qué causaba la tristeza.

Por el lago en el que alguna vez bañaste tu cuerpo adolescente.

Por las manchas de agua vistas desde el avión en un viaje a un territorio boscoso del que aún no sabes si alguna vez volviste.

Por las agitadas corrientes del Canal de Beagle mientras intentabas que el último de los faros —Les Eclaireurs– te mostrara la salida de un laberinto que nunca podrías abandonar.

Por la cascada con su danza interminable y su brisa empapando el hermoso cuerpo de tu amada en un día que quisieras no tener que olvidar jamás.

Por el mar eterno e imperfecto que te ha escuchado en tus momentos más oscuros, pero también en los más ciertos.

Por el río cristalino aquel día soleado en el que tras el cruento diluvio comenzó el camino imposible hacia la reconciliación.

Por las lágrimas, esos enormes goterones que brotaron de los ojos de tu niño cuando cayó y tú solo supiste jurarle que, pese a todo, siempre lograría mantenerse en pie.

Por ese lago que te gusta mirar y mirar de cabeza, como ahora, acostado en el muelle para contar destellos en la cresta de las olas y recordar que agua eres y en agua te convertirás.

Agua y nada más.

Foto: Faro Les Eclaireurs, por amrocha.

Share This:

San Jorge, ¿en dónde estás?

Lucha de San Pedro y el Dragón de Peter Paul Rubens.

Dime San Jorge, ¿en dónde estás?

En dónde tu valentía, tu amor, tu coraje y tu espada.

En dónde tu dragón con su amenaza, sus garras, su aliento de fuego y su modo de intimidar y definir a un pueblo entero.

¿Qué pasó con la cabeza de la bestia decapitada, con los estruendos en el cielo, con el miedo que nos definía, con los otros?

¿Qué pasó con nosotros?

Tu corcel, a quien me gusta llamar Rubens en honor a aquel pintor que hizo un cuadro de ustedes, pasta ahora en la verde pradera. ¿Ha olvidado que también él fue un héroe? ¿Recuerda en sueños el modo en que sus pezuñas se elevaron al cielo para golpear con fuerza el pecho insulfado de la bestia?

¿Creerá Rubens, al igual que yo, que nada sucedió, que en verdad solo eres una leyenda?

¿Es que acaso siempre estuvimos solos?

San Jorge, ¿en dónde estás?

Y en dónde está la princesa deprimida a la que salvaste de la muerte, del sacrificio, del dolor, de la traición.

¿Hemos olvidado ya el cinturón hecho con la tierna piel de su amado cordero? Ése con el que ataste el cuello del enorme dragón para domarlo, para tranquilizarlo, para poder aniquilarlo.

No te veo hoy, San Jorge, y me aterra enfrentarme a mí mismo sin tu fuerza, sin tu sabiduría. Sin tu idea.

Yo he extraviado la pequeña medalla que llevaba al cuello con tu imagen, con tu verdad, con tu encomienda. Los rosales, ésos que emanaron de la sangre brutal de la bestia, han dejado de florecer dejando solo espinas que abrazan mis pasos y adormecen mi tacto.

¿En dónde estás San Jorge ahora que más que nunca te necesitamos?

Share This:

Las atrocidades

(En un ejercicio de redacción me pidieron que escribiera como si supiera que mañana no lo podré hacer más. Esto es lo que salió.)

Hoy escribo por última vez.

Lleno mis pulmones de calma, me miro a mí mismo de cuerpo completo, me observo y penetro uno a uno en mis complejos, mis sombras, mis atrocidades. Me acerco a ellas, tanto que parece que podrán derribarme de nuevo: se arremolinan, rozan mi piel y me hacen sentir débil, frágil. Quebrado.

Son los trazos de mi propia historia. Se apoderaron de mí el día en que dejé de escribir. Permití que poco a poco suplantaran mi identidad para ahogar despacio a ése que alguna vez fui. Cambié de piel sin darme cuenta, cambié de mirada, cambié de ser.

Me olvidé.

Durante siglos anduve perdido viviendo una existencia que no era mía, hasta que en penumbras encontré mi figura distorsionada en un reflejo. Entendí que había lastimado, segregado, condenado y amputado. Compromisos, rumbos, destinos, delirios. Solo supe convertir las lágrimas en tinta y escribir. Me describí con palabras ciertas y las atrocidades retrocedieron; primero soltaron un brazo, mis ideas, ambas piernas y al final el latido de mi corazón. Me recuperé sabiendo que no era el mismo, pero estaba vivo. Estaba aquí.

Esta mañana desperté con la noticia de que la palabra escrita me será retirada. Por decreto, porque sí. Escribo esto sabiendo que no lo haré más: mañana al amanecer volveré a estar desamparado y solo puedo rezar para que entonces no regresen los miedos para devorarme, para morder mis falanges, para permitir que me vuelvan a rodear las atrocidades. Esas mismas que acechan, que esperan, que dormitan, que vuelven para convertirse de nuevo en lo que soy, en un mundo sin escritura, un mundo sin mí.

Ilustración: Wilco, “Sunloathe”.

Share This:

Powered by WordPress & Theme by Anders Norén