Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

Author: Eduardo Scheffler (Page 2 of 2)

Monstruo mío

Tengo un monstruo mío.

Habita en mi casa y cada vez que me ve orina de emoción. A veces gruñe, a veces resopla, siempre se acerca para tratar de devorar mis miedos, mis absurdos, mis inseguridades. Para lamer las heridas en mi corazón.

Tengo un monstruo mío, una adorable bestiecilla que roe huesos y cartílagos. Pasa las noches en vela como si fuera un centinela y si yo aparezco descalzo entre tanta sombra de inmediato se levanta para olisquear mis pies.

Mi monstruo es pequeño, de colmillos afilados.

Mi monstruo es temeroso y tierno.

Juega con los niños.

Le gusta acompañarme a correr y lo puede hacer a lo largo de 19 kilómetros. Me voltea a ver ocasionalmente con algo parecido a una sonrisa dibujada en su hocico.

Roba suspiros con su moño rojo atado al blanco pelaje que envuelve su cabeza. Fascina a las niñas que la siguen con atención.

Mi monstruo, mi adorable bestiecilla, me ha acompañado en los días de sombra, los días de extravío, los días en conflicto conmigo mismo. Me ha levantado el ánimo más de 300 veces con su noble alegría, sus brincos y sí: hasta con su orina.

Tengo un monstruo mío que se llama Mía.

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Humo mío

Trabajaba en una fábrica de mesas y su encanto por el humo surgió en ese lugar. Durante años lo ignoró, quizás ciego a su maravillosa danza, a sus sutiles movimientos, a sus infinitas y suaves caricias al viento. Ahora no podía dejar de mirarlo. En cuanto comenzaba a pirograbar su atención se centraba en el humo, no en el diseño sobre la madera tierna.

Se sentía cautivado, hipnotizado y con el absurdo deseo de poder tocarlo. Quería guardarlo en un frasco, en una jaula, coleccionarlo. Quería que el humo fuera suyo y de nadie más. Que su movimiento se volviera eterno, que lo envolviera para nunca dejar de cautivarlo. No solo quería al humo: lo amaba y en absurdos momentos de delirio pensaba en dejarlo todo por él.

Pese a su amor el ser etéreo se le escapaba, lo evadía, se disipaba y él terminaba mirando los trazos quemados sobre la madera sin vida, sin sentido, tras las largas jornadas de trabajo.

La última vez que lo vieron fue la tarde antes de la tragedia. Dicen que salió temprano argumentando una cita con el doctor. Dicen que se marchó serio, dubitativo, murmurando algo acerca de la ambigüedad del deseo. Era un hombre viejo, callado e introvertido: un extraño en el lugar de trabajo.

La fábrica se incendió de noche y de ella no quedó más que ceniza y fierro retorcido. Una vez que el fuego fue controlado el humo se disipó para volver a ese sitio en el que no hay absolutamente nada. Ni sentimientos, ni emociones, ni ilusiones.

Solo vacío.

Foto: Jeff*Martin

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Líquido

La primera vez el agua no estaba arriba, como ahora, a manera de cielo en tu mirada, desafiando a la Ley de Gravedad.

La primera vez el agua eras tú.

Te rodeaba, te mecía, entraba por tus fosas nasales, impregnaba tus ideas, te daba vida.

Luego la abandonaste, saliste de ella, comenzaste a existir. Respiraste, reíste y lloraste con lágrimas formadas por ese mismo líquido amniótico almacenado en alguna glándula de tu cabeza.

Desde entonces te sentiste irremediablemente atraído por cualquier líquido: por la alberca en la que te sumergías a llorar cuando no comprendías qué causaba la tristeza.

Por el lago en el que alguna vez bañaste tu cuerpo adolescente.

Por las manchas de agua vistas desde el avión en un viaje a un territorio boscoso del que aún no sabes si alguna vez volviste.

Por las agitadas corrientes del Canal de Beagle mientras intentabas que el último de los faros —Les Eclaireurs– te mostrara la salida de un laberinto que nunca podrías abandonar.

Por la cascada con su danza interminable y su brisa empapando el hermoso cuerpo de tu amada en un día que quisieras no tener que olvidar jamás.

Por el mar eterno e imperfecto que te ha escuchado en tus momentos más oscuros, pero también en los más ciertos.

Por el río cristalino aquel día soleado en el que tras el cruento diluvio comenzó el camino imposible hacia la reconciliación.

Por las lágrimas, esos enormes goterones que brotaron de los ojos de tu niño cuando cayó y tú solo supiste jurarle que, pese a todo, siempre lograría mantenerse en pie.

Por ese lago que te gusta mirar y mirar de cabeza, como ahora, acostado en el muelle para contar destellos en la cresta de las olas y recordar que agua eres y en agua te convertirás.

Agua y nada más.

Foto: Faro Les Eclaireurs, por amrocha.

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San Jorge, ¿en dónde estás?

Lucha de San Pedro y el Dragón de Peter Paul Rubens.

Dime San Jorge, ¿en dónde estás?

En dónde tu valentía, tu amor, tu coraje y tu espada.

En dónde tu dragón con su amenaza, sus garras, su aliento de fuego y su modo de intimidar y definir a un pueblo entero.

¿Qué pasó con la cabeza de la bestia decapitada, con los estruendos en el cielo, con el miedo que nos definía, con los otros?

¿Qué pasó con nosotros?

Tu corcel, a quien me gusta llamar Rubens en honor a aquel pintor que hizo un cuadro de ustedes, pasta ahora en la verde pradera. ¿Ha olvidado que también él fue un héroe? ¿Recuerda en sueños el modo en que sus pezuñas se elevaron al cielo para golpear con fuerza el pecho insulfado de la bestia?

¿Creerá Rubens, al igual que yo, que nada sucedió, que en verdad solo eres una leyenda?

¿Es que acaso siempre estuvimos solos?

San Jorge, ¿en dónde estás?

Y en dónde está la princesa deprimida a la que salvaste de la muerte, del sacrificio, del dolor, de la traición.

¿Hemos olvidado ya el cinturón hecho con la tierna piel de su amado cordero? Ése con el que ataste el cuello del enorme dragón para domarlo, para tranquilizarlo, para poder aniquilarlo.

No te veo hoy, San Jorge, y me aterra enfrentarme a mí mismo sin tu fuerza, sin tu sabiduría. Sin tu idea.

Yo he extraviado la pequeña medalla que llevaba al cuello con tu imagen, con tu verdad, con tu encomienda. Los rosales, ésos que emanaron de la sangre brutal de la bestia, han dejado de florecer dejando solo espinas que abrazan mis pasos y adormecen mi tacto.

¿En dónde estás San Jorge ahora que más que nunca te necesitamos?

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Las atrocidades

(En un ejercicio de redacción me pidieron que escribiera como si supiera que mañana no lo podré hacer más. Esto es lo que salió.)

Hoy escribo por última vez.

Lleno mis pulmones de calma, me miro a mí mismo de cuerpo completo, me observo y penetro uno a uno en mis complejos, mis sombras, mis atrocidades. Me acerco a ellas, tanto que parece que podrán derribarme de nuevo: se arremolinan, rozan mi piel y me hacen sentir débil, frágil. Quebrado.

Son los trazos de mi propia historia. Se apoderaron de mí el día en que dejé de escribir. Permití que poco a poco suplantaran mi identidad para ahogar despacio a ése que alguna vez fui. Cambié de piel sin darme cuenta, cambié de mirada, cambié de ser.

Me olvidé.

Durante siglos anduve perdido viviendo una existencia que no era mía, hasta que en penumbras encontré mi figura distorsionada en un reflejo. Entendí que había lastimado, segregado, condenado y amputado. Compromisos, rumbos, destinos, delirios. Solo supe convertir las lágrimas en tinta y escribir. Me describí con palabras ciertas y las atrocidades retrocedieron; primero soltaron un brazo, mis ideas, ambas piernas y al final el latido de mi corazón. Me recuperé sabiendo que no era el mismo, pero estaba vivo. Estaba aquí.

Esta mañana desperté con la noticia de que la palabra escrita me será retirada. Por decreto, porque sí. Escribo esto sabiendo que no lo haré más: mañana al amanecer volveré a estar desamparado y solo puedo rezar para que entonces no regresen los miedos para devorarme, para morder mis falanges, para permitir que me vuelvan a rodear las atrocidades. Esas mismas que acechan, que esperan, que dormitan, que vuelven para convertirse de nuevo en lo que soy, en un mundo sin escritura, un mundo sin mí.

Ilustración: Wilco, “Sunloathe”.

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Ella y la Bestia

Ella está ahí casi igual a como yo la recuerdo.

Camina por la plaza del pueblo y canta mientras la gente que la rodea la observa y balbucea, también cantando, a sus espaldas.

Aún habla del deseo de tener algo más que una simple vida provenzal.  

Aún sueña.

Conozco bien su historia.

Sé lo que va a suceder, pero aún así siento una extraña emoción por verla presa en el oscuro castillo en el que habita la terrible bestia. Quiero ver el modo en que, valiente, aceptará el encierro para liberar a su padre de la prisión del absurdo.

Quiero ver su primer encuentro con el ser oscuro y maldito, condenado a la amargura por haberle negado el refugio a la anciana que huía de la helada tormenta. Y sobre todo, quiero ver la manera en que la luz de ella irá iluminando hasta el más recóndito rincón de aquel laberíntico y retorcido castillo.

Sí, ella está ahí casi igual a como yo la recuerdo. No ha cambiado.

El que ha cambiado soy yo.

Porque han pasado 25 años.

Lo distinto es mi mirada.

Mis manos y lo que han tocado. Lo que soñaba en aquel entonces y lo que he dejado de soñar.

Porque la conocí antes, incluso, de conocerme a mí mismo.

Antes del quebranto. Antes del desamor. Antes de los suicidios, tristes y acumulados.

Antes de los días desesperados.

Y también antes de la alegría extrema, única y perfecta, de saberme padre de la vida de un nuevo ser.

Antes de los silencios, los gritos y los suspiros que exhalas al creerte derrotado.

Antes del ahora que se ha desdoblado durante nueve mil amaneceres.

Antes de Bella quien regresa casi igual a como la recuerdo para hacerme añorar la inocencia, la ternura, la bondad de ése que alguna vez fui.

Para hacerme ver que los seres oscuros en quienes nos transformamos al volvernos adultos tienen aún esperanza de ser rescatados por aquellos que ven en nosotros lo que nosotros mismos hemos dejado de ver; por aquellos que creen de nosotros lo que nosotros mismos hemos dejado de creer.

Ella está ahí casi igual a como yo la recuerdo para revelarme todo lo que olvidé. Y por ello me cautiva quizás más que nunca.

Porque al final y pese a todo, siempre habrá alguien en algún lado que pueda aprender a amar a una bestia.

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Deshielo

Imaginé una lista de cosas que no se pueden congelar; llegaron a mi mente con una brisa gélida una extraña madrugada.

La bola rápida de Noah Syndergaard.

El amanecer.

Un beso, la respiración, el movimiento de la Tierra.

Un suspiro y el fuego (aunque alguna vez escuché de un imbécil que intentó congelarlo y lo perdió todo en el intento).

Un sismo.
El canto de un pájaro.
Tu voz.

El viento que lo arrastra y se lo lleva todo. El amor. El odio. El dolor. La alegría. La tristeza.

Los escalofríos.

El sonido de un piano. Lejano. Solitario.

Las ideas.
Tus convicciones.
Todo lo que veo cuando cierro los ojos.

La locura que provoca el gol de tu hijo en un partido de futbol.

El paso del tiempo y la consecuencia irremediable que tiene en nuestro cuerpo, en nuestro rostro erosionado, en nuestro sentimiento.

La fiebre cuando estás enfermo.
Las pesadillas.
Las alucinaciones.

Todos esos huecos en los que hoy no hay más que carencias, ausencia.

El olvido.

El miedo. El coraje. El enojo. Y todos los demás sentimientos que producen las lágrimas; esas mismas que pueden ser congeladas y permanecer así, estáticas.

Hasta el día de nuestro deshielo.

Foto: Old Wave & New Romantics

 

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#GhostOfMyself

#GhostOfMyself

#GhostOfMyself

No soy más que el fantasma de mí mismo.

El que huye de las ilusiones para engancharse con los accidentes, las carencias, los temores y las traiciones.

El que un día decidió jugar al escapista, disfrazarse de Houdini, atarse los brazos con vendas húmedas y el alma con cadenas.

El que incendió el carrusel con todo y corceles, luces, destellos y música.

El que inventó el silencio.

Por eso digo que no soy más que el fantasma de mí mismo, así como tú eres el tuyo.

Y ambos nos escondemos el uno del otro.
Nos extraviamos.
Nos asustamos.

Pero al finalizar el día, cansados, imaginamos que nos abrazamos y nos rezamos para que entre tantas sombras podamos volver a encontrarnos.

(Para N.)

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Involución

Escribí este texto en 1995, unos días después del fallecimiento de mi abuela; hoy me parece relevante traerlo de nuevo a la luz. 

(Por cierto, es el primer texto que me publicaron y con él inicio este blog).

Jamás olvidaré la expresión en el rostro de mi abuela, la mirada agonizante que ya no veía, los espasmos interminables provocando que la habitación del hospital se llenara de angustia. Un par de días antes la habían encontrado inconsciente en baño, delirando, y a punto de perder el contacto con la realidad. Una baja de sodio, dijo el doctor, nada que no podamos tratar, en un par de días saldrá caminando por la puerta del hospital. Pero ahora yacía allí, batiéndose entre la vida y la muerte, entre el recuerdo y el olvido, con el tubo del respirador llagando sin piedad la comisura de su boca, con los ojos abiertos, muriendo. Y yo no podía hacer más que pensar en cómo la vida se le escapaba de las manos y en que, tarde o temprano, a mí me sucedería lo mismo. Nacemos para morir y cada vez que vemos a un viejo nos lo recuerda. Los escondemos o simplemente apartamos la mirada de sus pieles grises y arrugadas, pero en algún momento tenemos que afrontarlo. La nostalgia y el tiempo terminan fundiéndose en un solo término: vejez.

No creo que mi abuela haya comprendido realmente lo que sucedía en el mundo que la rodeaba; es más, ni siquiera creo que haya estado consciente de mis broncas con mamá y papá; de mis noches en vela escribiendo, tomando lo que fuera a cambio de un instante de inspiración; de la velocidad y la paranoia que caracterizan mi tiempo, o del sinsentido existencial arraigado en mi cuerpo. Ella nació, creció, se reprodujo y después comenzó a morir lentamente entre sus recuerdos. Hablaba de la vez en que había ensayado, durante horas, en el duro teclado mudo; de la manera en que sus dedos habían temblado de dolor ante la tortura de la memorización; de la vez en que encontró, en la mirada del abuelo, aquello que había estado buscando. Día tras día se fue encerrando en el ayer al punto de quedar atrapada en sus recuerdos. Había logrado aislarse del mundo que, ante sus ojos, resultaba incomprensible. Ahora su mirada ya no veía, sus oídos ya no escuchaban, su piel ya no sentía. Solo recordaba el eco eterno que producía lo vivido en algún lugar del ayer. Sentí coraje al verla así, tal vez porque me resultaba imposible ayudarla, a lo mejor porque en el fondo tenía la certeza de que yo mismo envejecería y dejaría de respirar.

Sentí coraje al verla así, tal vez porque me resultaba imposible ayudarla, a lo mejor porque en el fondo tenía la certeza de que yo mismo envejecería y dejaría de respirar.

Nadie hablaba de la vejez, parecía ser el tabú de mi generación. Con mis amigos había hablado de la guerra, del sida, de las chicas, del sexo, de la demencia, de la nostalgia, de música, de los secuestros, del viaje a la luna, del maldito universo, de la droga, del amor, del odio, de política, de existencialismo, de la realidad virtual. De todo menos de la vejez.

Al ver a mi abuela comprendí que no tocábamos el tema porque hacerlo resultaba doloroso. Porque hablar de la vejez nos hacía darnos cuenta que la vida era finita. Porque los viejos alguna vez fueron como nosotros, con ideas y corazones que explotan de pasión. Porque a nadie le gusta ser frágil. Porque todos lo somos. Preferimos voltear la mirada hacia un horizonte vacío a tener que mirar las arrugas en sus manos. Mejor saturar nuestros oídos con redobles y gritos a escuchar las historias que ellos pueden contar. Preferimos negarlos a aceptarlos, esperando que jamás llegue nuestra propia vejez.

Los espasmos terminaron un día antes de que mi abuela muriera. De pronto sus ojos se cerraron y su rostro se llenó de calma. Nunca sabré lo que pasaba por su mente en aquellos momentos, pero me gusta pensar que anduvo por los pasillos de su imaginación y revivió la gloria de su vida. Corrió descalza hasta encontrar el cajón donde guardó su niñez, luego sonrió y se despidió de sí misma.

Al ver el rostro de la tranquilidad con que mi abuela murió, pensé que tal vez la vejez no era tan mala, quizá solo era una oportunidad para regresar a la inocencia contenida en nuestro interior, una involución más que una traición. Posiblemente al envejecer, al quedar aislados en nuestro propio cuerpo, al dejar de comprender lo que sucede a nuestro alrededor, tenemos la oportunidad de entender la extrañeza de nuestro pensamiento, la complejidad de nuestro sentimiento, la oportunidad de pedir perdón. Por extraño que pueda parecer, el día en que mi abuela falleció germinó en mí la idea de que la vejez no marcaba el inicio de un fin inminente, sino el principio de una reconciliación personal que termina con la muerte.

(Texto publicado originalmente en junio de 1998 en la revista Complot Internacional).

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