Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

Author: Eduardo Scheffler (Page 1 of 2)

Los Golems

Un Golem de piedra.

Dicen que cuando mueren los Golems dejan una flor.

En el lugar preciso en el que su cuerpo se esfuma surge de la nada la vida nueva, perpetuando un recuerdo, un momento, una ilusión.

Dicen que en vida los Golems fueron fríos, duros, de roca, de hierro y algunos de hielo. En su interior, debajo de esa compleja estructura articulada por el coraje hacia su creador, un secreto ellos guardaban.

Secreto que sólo pudo ser revelado al momento en que cayeron aniquilados aquellos imponentes gigantes fieros.

Una flor.

¿Qué secreto revelaremos nosotros, simples humanos, el día en que caigamos?

¿Seremos Golems de flores y recuerdos?

¿O espectros sensibles sembrando olvido a donde quiera que vayamos?

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Viernes

Papá se quedó sin trabajo el viernes pasado. Ese día llegó a casa temprano, transformado.

Me abrazó.

No dijo nada en torno a lo sucedido, pero me invitó a caminar descalzo en el jardín y luego fuimos por una paleta helada. En sus ojos había algo distinto, como si de pronto nada obstruyera la luz que los iluminaba. Como si ya no hubiera sombras, ni dudas, ni angustias, ni miedos, ni absurdos, ni juntas, ni métricas, ni presentaciones, ni permisos para salir de vacaciones, ni aviones, ni turbulencias. Como si en lugar de todo aquello solo estuvieran él y su esencia.

Comimos temprano y fuimos al parque a jugar beisbol. Él reía y eso me hizo sentir bien. Desde hace mucho tiempo no lo veía así. Y es que ese hombre flaco y sin pelo que es mi papá, se había convertido en una especie de sombra que estaba ahí, pero sin estar presente. Una idea nada más, algo así como un recuerdo o como el personaje de un sueño feo con el que no quieres hablar, ni jugar. Alguien a quien jamás puedes abrazar. Un ser al que sabes presente, pero que adivinas siempre ausente.

Lanzamos la pelota por más de una hora y el sonido seco de la misma en las manoplas me pareció como el latido fuerte de su corazón que regresaba al lugar al que pertenecía. Contagiando fuerza, vitalidad y alegría.

Luego de lanzar y cachar, papá sacó una manzana de su mochila y con sus manos grandes de dedos pálidos y delgados, la partió. Me regaló una mitad y devoró la otra.

Espalda con espalda nos sentamos y permanecimos en silencio hasta que llovió.

Sí: Papá se quedó sin trabajo el viernes pasado, pero ese día finalmente volvió.

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Señor del Absurdo Decreto

El señor se sabía tan poderoso que, por decreto, cambió el significado de las palabras. De ese modo cirugía ya no significó “parte de la medicina que se ocupa de curar las enfermedades, malformación, traumatismos, mediante operaciones manuales o instrumentales”, sino que “examen químico de una muestra orgánica o inorgánica, que consiste en determinar la naturaleza y proporción de las sustancias que la componen”.

Los médicos se miraron perplejos.

Uno de ellos se atrevió a cuestionar el cambio y la lengua le fue amputada.

Al día siguiente fallecieron tres mujeres que debían ser sometidas a lo que antes era una cirugía y a las que simplemente se les practicaron unos análisis.

Después de eso el mundo entero guardó silencio sabiendo que, poco a poco, tendría que volver a aprender el significado de las cosas.

Por capricho. Por poder. Por decreto.

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Corona marchita

Foto: Del Instagram de alaina_victoria3

Soy el Rey de las Flores Marchitas.

El que a mitad de la noche trajo el silencio para esparcirlo en tu cuerpo desnudo e indefenso.

Soy el que impregnó el dolor, el que desapareció de cada portarretratos, de aquellos momentos felices en los que reíamos encantados. Miradas destellantes, llenas de vida, condenadas -aunque no lo supiéramos- por mi posterior ausencia.

Soy yo el que incendió recuerdos, el que bebió amaneceres hasta emborracharse con ellos. El que anduvo sin rumbo, pero con la esperanza de que algún día, en algún lugar, pudiera encontrarte de nuevo.

Soy el Rey de las Flores Marchitas, con mi corona de girasoles secos, esperando que algún día una chispa los encienda para transformarlas en ceniza. Para que entonces la muerte reseca y ambigua deje de rondar en mi cabeza.

Soy el arrepentimiento, aunque no me lo creas, el ser que quisiera desandar ese camino de enredos para llegar al centro de sí mismo. A ese sitio en donde todo es simple, en donde las flores están vivas y mi amor por ti puede volver a ser eterno.

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Bruma

Hay días en que la bruma no nos deja ver. Por más que intentemos, los faros permanecen lejanos.

Distantes.

Ausentes.

Nuestras miradas los buscan, sabiendo que realmente están ahí, pero incapaces de encontrarlos. Nuestros ojos desesperan. Lloran arena en cámara lenta. Se cierran.

Y entonces andamos a tientas.

Otra vez, a tientas.

No queriendo ver, aunque nos lo propongamos.

Volviéndonos invisibles, aunque jamás desaparezcamos.

Condenándonos a la mutua ceguera.

Por siempre.

Pero cuando el viento sopla. Cuando transgrede la niebla. Cuando nos devuelve la luz y con ella la vista. Y se lleva la arena. Y los miedos. Y las ideas. Cuando los párpados se liberan y no duermen más.

Entonces la bruma se va y llegan las lágrimas con nuestros faros encapsulados. Húmedos y oxidados. Pero nuestros. Para guiarnos de una vez y para siempre a esa playa en donde el dolor es olvido y el olvido es perdón.

Ese lugar (único) en donde el viento sopla a favor.

 

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Monstruo mío

Tengo un monstruo mío.

Habita en mi casa y cada vez que me ve orina de emoción. A veces gruñe, a veces resopla, siempre se acerca para tratar de devorar mis miedos, mis absurdos, mis inseguridades. Para lamer las heridas en mi corazón.

Tengo un monstruo mío, una adorable bestiecilla que roe huesos y cartílagos. Pasa las noches en vela como si fuera un centinela y si yo aparezco descalzo entre tanta sombra de inmediato se levanta para olisquear mis pies.

Mi monstruo es pequeño, de colmillos afilados.

Mi monstruo es temeroso y tierno.

Juega con los niños.

Le gusta acompañarme a correr y lo puede hacer a lo largo de 19 kilómetros. Me voltea a ver ocasionalmente con algo parecido a una sonrisa dibujada en su hocico.

Roba suspiros con su moño rojo atado al blanco pelaje que envuelve su cabeza. Fascina a las niñas que la siguen con atención.

Mi monstruo, mi adorable bestiecilla, me ha acompañado en los días de sombra, los días de extravío, los días en conflicto conmigo mismo. Me ha levantado el ánimo más de 300 veces con su noble alegría, sus brincos y sí: hasta con su orina.

Tengo un monstruo mío que se llama Mía.

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Humo mío

Trabajaba en una fábrica de mesas y su encanto por el humo surgió en ese lugar. Durante años lo ignoró, quizás ciego a su maravillosa danza, a sus sutiles movimientos, a sus infinitas y suaves caricias al viento. Ahora no podía dejar de mirarlo. En cuanto comenzaba a pirograbar su atención se centraba en el humo, no en el diseño sobre la madera tierna.

Se sentía cautivado, hipnotizado y con el absurdo deseo de poder tocarlo. Quería guardarlo en un frasco, en una jaula, coleccionarlo. Quería que el humo fuera suyo y de nadie más. Que su movimiento se volviera eterno, que lo envolviera para nunca dejar de cautivarlo. No solo quería al humo: lo amaba y en absurdos momentos de delirio pensaba en dejarlo todo por él.

Pese a su amor el ser etéreo se le escapaba, lo evadía, se disipaba y él terminaba mirando los trazos quemados sobre la madera sin vida, sin sentido, tras las largas jornadas de trabajo.

La última vez que lo vieron fue la tarde antes de la tragedia. Dicen que salió temprano argumentando una cita con el doctor. Dicen que se marchó serio, dubitativo, murmurando algo acerca de la ambigüedad del deseo. Era un hombre viejo, callado e introvertido: un extraño en el lugar de trabajo.

La fábrica se incendió de noche y de ella no quedó más que ceniza y fierro retorcido. Una vez que el fuego fue controlado el humo se disipó para volver a ese sitio en el que no hay absolutamente nada. Ni sentimientos, ni emociones, ni ilusiones.

Solo vacío.

Foto: Jeff*Martin

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Líquido

La primera vez el agua no estaba arriba, como ahora, a manera de cielo en tu mirada, desafiando a la Ley de Gravedad.

La primera vez el agua eras tú.

Te rodeaba, te mecía, entraba por tus fosas nasales, impregnaba tus ideas, te daba vida.

Luego la abandonaste, saliste de ella, comenzaste a existir. Respiraste, reíste y lloraste con lágrimas formadas por ese mismo líquido amniótico almacenado en alguna glándula de tu cabeza.

Desde entonces te sentiste irremediablemente atraído por cualquier líquido: por la alberca en la que te sumergías a llorar cuando no comprendías qué causaba la tristeza.

Por el lago en el que alguna vez bañaste tu cuerpo adolescente.

Por las manchas de agua vistas desde el avión en un viaje a un territorio boscoso del que aún no sabes si alguna vez volviste.

Por las agitadas corrientes del Canal de Beagle mientras intentabas que el último de los faros —Les Eclaireurs– te mostrara la salida de un laberinto que nunca podrías abandonar.

Por la cascada con su danza interminable y su brisa empapando el hermoso cuerpo de tu amada en un día que quisieras no tener que olvidar jamás.

Por el mar eterno e imperfecto que te ha escuchado en tus momentos más oscuros, pero también en los más ciertos.

Por el río cristalino aquel día soleado en el que tras el cruento diluvio comenzó el camino imposible hacia la reconciliación.

Por las lágrimas, esos enormes goterones que brotaron de los ojos de tu niño cuando cayó y tú solo supiste jurarle que, pese a todo, siempre lograría mantenerse en pie.

Por ese lago que te gusta mirar y mirar de cabeza, como ahora, acostado en el muelle para contar destellos en la cresta de las olas y recordar que agua eres y en agua te convertirás.

Agua y nada más.

Foto: Faro Les Eclaireurs, por amrocha.

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San Jorge, ¿en dónde estás?

Lucha de San Pedro y el Dragón de Peter Paul Rubens.

Dime San Jorge, ¿en dónde estás?

En dónde tu valentía, tu amor, tu coraje y tu espada.

En dónde tu dragón con su amenaza, sus garras, su aliento de fuego y su modo de intimidar y definir a un pueblo entero.

¿Qué pasó con la cabeza de la bestia decapitada, con los estruendos en el cielo, con el miedo que nos definía, con los otros?

¿Qué pasó con nosotros?

Tu corcel, a quien me gusta llamar Rubens en honor a aquel pintor que hizo un cuadro de ustedes, pasta ahora en la verde pradera. ¿Ha olvidado que también él fue un héroe? ¿Recuerda en sueños el modo en que sus pezuñas se elevaron al cielo para golpear con fuerza el pecho insulfado de la bestia?

¿Creerá Rubens, al igual que yo, que nada sucedió, que en verdad solo eres una leyenda?

¿Es que acaso siempre estuvimos solos?

San Jorge, ¿en dónde estás?

Y en dónde está la princesa deprimida a la que salvaste de la muerte, del sacrificio, del dolor, de la traición.

¿Hemos olvidado ya el cinturón hecho con la tierna piel de su amado cordero? Ése con el que ataste el cuello del enorme dragón para domarlo, para tranquilizarlo, para poder aniquilarlo.

No te veo hoy, San Jorge, y me aterra enfrentarme a mí mismo sin tu fuerza, sin tu sabiduría. Sin tu idea.

Yo he extraviado la pequeña medalla que llevaba al cuello con tu imagen, con tu verdad, con tu encomienda. Los rosales, ésos que emanaron de la sangre brutal de la bestia, han dejado de florecer dejando solo espinas que abrazan mis pasos y adormecen mi tacto.

¿En dónde estás San Jorge ahora que más que nunca te necesitamos?

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Las atrocidades

(En un ejercicio de redacción me pidieron que escribiera como si supiera que mañana no lo podré hacer más. Esto es lo que salió.)

Hoy escribo por última vez.

Lleno mis pulmones de calma, me miro a mí mismo de cuerpo completo, me observo y penetro uno a uno en mis complejos, mis sombras, mis atrocidades. Me acerco a ellas, tanto que parece que podrán derribarme de nuevo: se arremolinan, rozan mi piel y me hacen sentir débil, frágil. Quebrado.

Son los trazos de mi propia historia. Se apoderaron de mí el día en que dejé de escribir. Permití que poco a poco suplantaran mi identidad para ahogar despacio a ése que alguna vez fui. Cambié de piel sin darme cuenta, cambié de mirada, cambié de ser.

Me olvidé.

Durante siglos anduve perdido viviendo una existencia que no era mía, hasta que en penumbras encontré mi figura distorsionada en un reflejo. Entendí que había lastimado, segregado, condenado y amputado. Compromisos, rumbos, destinos, delirios. Solo supe convertir las lágrimas en tinta y escribir. Me describí con palabras ciertas y las atrocidades retrocedieron; primero soltaron un brazo, mis ideas, ambas piernas y al final el latido de mi corazón. Me recuperé sabiendo que no era el mismo, pero estaba vivo. Estaba aquí.

Esta mañana desperté con la noticia de que la palabra escrita me será retirada. Por decreto, porque sí. Escribo esto sabiendo que no lo haré más: mañana al amanecer volveré a estar desamparado y solo puedo rezar para que entonces no regresen los miedos para devorarme, para morder mis falanges, para permitir que me vuelvan a rodear las atrocidades. Esas mismas que acechan, que esperan, que dormitan, que vuelven para convertirse de nuevo en lo que soy, en un mundo sin escritura, un mundo sin mí.

Ilustración: Wilco, “Sunloathe”.

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