Ahora mis sueños también están desiertos.

Imágenes rotas de lugares que alguna vez fueron, pero que ahora solo son recuerdo.

Playas, museos, teatros y salas de concierto abandonados a su suerte.

Sin ruido.
Sin gente.
Sin sentido.

Ese enorme monumento de bronce,
el del hombre sobre un caballo que eleva una de sus dos patas,
también ha sido cubierto por esa fina capa de ceniza
del mismo color que el olvido y que cae despacio, como si fuera nieve.

Nunca deja de caer.

Ahora mis sueños también están desiertos,
porque no son más que la réplica alterada
de un mundo que desde hace demasiado tiempo vive enfermo.

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