Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

Month: March 2020

Los nuevos desiertos

Los nuevos desiertos

Ahora mis sueños también están desiertos.

Imágenes rotas de lugares que alguna vez fueron, pero que ahora solo son recuerdo.

Playas, museos, teatros y salas de concierto abandonados a su suerte.

Sin ruido.
Sin gente.
Sin sentido.

Ese enorme monumento de bronce,
el del hombre sobre un caballo que eleva una de sus dos patas,
también ha sido cubierto por esa fina capa de ceniza
del mismo color que el olvido y que cae despacio, como si fuera nieve.

Nunca deja de caer.

Ahora mis sueños también están desiertos,
porque no son más que la réplica alterada
de un mundo que desde hace demasiado tiempo vive enfermo.

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Paréntesis

Paréntesis

La vida entre dos cristales,
desde los que se desarrolla el drama,
del encierro y de las notificaciones.
De lo incierto.

Encerrados, todos como variables,
entre paréntesis,
esperando a ser despejadas.

De la duda y del temor.
Del encierro y de lo incierto.

Atrapados entre los paréntesis de nuestras ventanas,
bailamos y reímos,
brincamos y jugamos,
trabajamos, pintamos y escribimos.

También rezamos.

A veces alegres, a veces enfadados.
Asustados y desesperados.
Queriendo entender cómo es que (la vida) ha quedado suspendida,
congelada entre los paréntesis de lo incierto.

Esperando a ser despejada.

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Salvaje

Salvajes

Ahí están.

Sobre el escritorio, cubiertos por esa piel oscura que me hace pensar en seres vivos. Con sus lomos arrugados y heridos. Lastimados de tanto apoyarse sobre ese escritorio de madera sobre el que suelo escribir antes de que amanezca. Antes de que el mundo entero se llene de ruido y de caos.

Ahí están. Y casi puedo sentir cómo respiran.

Se han comenzado a mover solos, clamando independencia. Creo que alguna vez fueron míos: mis anhelos, mis delirios, mis palabras. Transformados día a día en una historia, hasta sufrir esa inaudita metamorfosis que convierte a una simple idea en una novela.

Supongo que jamás estará terminada. Supongo que cada vez que mis dedos vuelvan a acariciar los lomos de animal salvaje de los tres tomos que las contienen, me pedirán que las acaricie de nuevo, que las modifique, que me pierda y adentre en la absurda marejada de mis palabras.

Ahí están los cuadernos de piel en los que escribí el primer borrador de una novela que ahora pienso en cómo publicar.

Es algo que jamás he hecho y el trayecto parece largo e incierto en un mundo que se complica un poco más cada día. Hoy es 11 de marzo de 2020 y el planeta parece de rodillas ante una enfermedad nueva e incierta que ha contagiado ya de miedo a una buena parte de la raza humana.

Me incluyo.

Ayer se fueron las primeras copias de ese manuscrito queriendo abrirse camino entre el desorden y la incertidumbre. Imagino a mis palabras avanzando despacio entre el miedo, con la esperanza (¿ilusa?) de saberse hacer escuchar en un planeta que grita, de ser un pequeño destello en los días de angustia, de llamar la atención de alguien que me pueda ayudar a publicarlas.

Mientras, yo vuelvo a acariciar sus lomos de animal salvaje y me atrevo a leer de nuevo el relato de un viejo solitario y sus tristes culpas.

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