Foto: By Prudent René Patrice Dagron (1819–1900)[1] [Public domain], via Wikimedia Commons.

En un principio, por la bruma, era imposible verlos.

Uno tenía que acercarse despacio, para empezar a reconocerlos. Blancos, siempre blancos, flotando suspendidos como deseo inconclusos, deseos jamás soñados, deseos no realizados.

Cuando el viento soplaba se movían todos juntos hacia la misma dirección, como si los uniera el material genético de una sola persona.

Los globos comenzaron a aparecer en las azoteas después del sismo. Un rumor generado en el rincón más oscuro de nosotros mismos se esparció por las calles destruidas de la ciudad: ahí en donde hubiera temor era necesario colocar un globo blanco para exorcizarlo. Había que soplar al miedo en él y luego terminar de llenarlo con helio para el que el globo se elevara y flotara fuera de casa.

Algunos consideraron la idea absurda, pero los angustiantes sueños de aquellas noches sin dormir los obligaron a pensárselo de nuevo. Infantes, hombres, mujeres y ancianos, cada uno sopló un globo blanco y lo colocó en la azotea de su edificio, creando así entre todos un ridículo paisaje de aerostatos blancos flotando por siempre en la ciudad del miedo.

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