A. me miró y confesó que había ido a ver a la maestra con la que los niños van cuando se sienten tristes.

—¿Quién es ella? —pregunté curioso, pues jamás oí hablar de alguien así.

—No me acuerdo cómo se llama, pero cuando vas con ella se te quitan las ganas de llorar.

Solo habían pasado siete días del temblor. Siete días de un miedo impregnado. En todos y en todo. Siete días de mirar atónito. De no dar crédito. De quebrarnos y levantarnos, casi al mismo tiempo.

Siete días de gente con el puño en alto, pidiendo silencio. De Fridas y Titanes. De dolor. De extraña inspiración. De heroicos jóvenes y heroicos viejos. Sacerdotes y militares. Creyentes y ateos. Mexicanos y extranjeros.

Siete días de contener muros agrietados con polines, con vigas, con lo que sea.  Siete días de contener nuestras emociones.

Y sí: de contener el llanto.

Al escuchar a mi pequeño de siete años deseé también poder ir con aquella maestra capaz de curar la tristeza y, seguramente también los sueños malos, las traiciones, los fracasos, las desesperaciones. Deseé tener la certeza de que ya no habría más temblores en mi país, ni en mi alma, ni en ningún otro lado. Deseé creer que todo estaría bien, que en algún momento el dolor cesaría y que la vida irremediablemente continuaría.

Deseé también no olvidar lo que sentí durante estos siete días, porque a pesar de todo me supe acompañado, amado y extrañamente vivo.

Siete días. Y al final, solo y en silencio: lloré.

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