Trabajaba en una fábrica de mesas y su encanto por el humo surgió en ese lugar. Durante años lo ignoró, quizás ciego a su maravillosa danza, a sus sutiles movimientos, a sus infinitas y suaves caricias al viento. Ahora no podía dejar de mirarlo. En cuanto comenzaba a pirograbar su atención se centraba en el humo, no en el diseño sobre la madera tierna.

Se sentía cautivado, hipnotizado y con el absurdo deseo de poder tocarlo. Quería guardarlo en un frasco, en una jaula, coleccionarlo. Quería que el humo fuera suyo y de nadie más. Que su movimiento se volviera eterno, que lo envolviera para nunca dejar de cautivarlo. No solo quería al humo: lo amaba y en absurdos momentos de delirio pensaba en dejarlo todo por él.

Pese a su amor el ser etéreo se le escapaba, lo evadía, se disipaba y él terminaba mirando los trazos quemados sobre la madera sin vida, sin sentido, tras las largas jornadas de trabajo.

La última vez que lo vieron fue la tarde antes de la tragedia. Dicen que salió temprano argumentando una cita con el doctor. Dicen que se marchó serio, dubitativo, murmurando algo acerca de la ambigüedad del deseo. Era un hombre viejo, callado e introvertido: un extraño en el lugar de trabajo.

La fábrica se incendió de noche y de ella no quedó más que ceniza y fierro retorcido. Una vez que el fuego fue controlado el humo se disipó para volver a ese sitio en el que no hay absolutamente nada. Ni sentimientos, ni emociones, ni ilusiones.

Solo vacío.

Foto: Jeff*Martin

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