La primera vez el agua no estaba arriba, como ahora, a manera de cielo en tu mirada, desafiando a la Ley de Gravedad.

La primera vez el agua eras tú.

Te rodeaba, te mecía, entraba por tus fosas nasales, impregnaba tus ideas, te daba vida.

Luego la abandonaste, saliste de ella, comenzaste a existir. Respiraste, reíste y lloraste con lágrimas formadas por ese mismo líquido amniótico almacenado en alguna glándula de tu cabeza.

Desde entonces te sentiste irremediablemente atraído por cualquier líquido: por la alberca en la que te sumergías a llorar cuando no comprendías qué causaba la tristeza.

Por el lago en el que alguna vez bañaste tu cuerpo adolescente.

Por las manchas de agua vistas desde el avión en un viaje a un territorio boscoso del que aún no sabes si alguna vez volviste.

Por las agitadas corrientes del Canal de Beagle mientras intentabas que el último de los faros —Les Eclaireurs– te mostrara la salida de un laberinto que nunca podrías abandonar.

Por la cascada con su danza interminable y su brisa empapando el hermoso cuerpo de tu amada en un día que quisieras no tener que olvidar jamás.

Por el mar eterno e imperfecto que te ha escuchado en tus momentos más oscuros, pero también en los más ciertos.

Por el río cristalino aquel día soleado en el que tras el cruento diluvio comenzó el camino imposible hacia la reconciliación.

Por las lágrimas, esos enormes goterones que brotaron de los ojos de tu niño cuando cayó y tú solo supiste jurarle que, pese a todo, siempre lograría mantenerse en pie.

Por ese lago que te gusta mirar y mirar de cabeza, como ahora, acostado en el muelle para contar destellos en la cresta de las olas y recordar que agua eres y en agua te convertirás.

Agua y nada más.

Foto: Faro Les Eclaireurs, por amrocha.

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