Lucha de San Pedro y el Dragón de Peter Paul Rubens.

Dime San Jorge, ¿en dónde estás?

En dónde tu valentía, tu amor, tu coraje y tu espada.

En dónde tu dragón con su amenaza, sus garras, su aliento de fuego y su modo de intimidar y definir a un pueblo entero.

¿Qué pasó con la cabeza de la bestia decapitada, con los estruendos en el cielo, con el miedo que nos definía, con los otros?

¿Qué pasó con nosotros?

Tu corcel, a quien me gusta llamar Rubens en honor a aquel pintor que hizo un cuadro de ustedes, pasta ahora en la verde pradera. ¿Ha olvidado que también él fue un héroe? ¿Recuerda en sueños el modo en que sus pezuñas se elevaron al cielo para golpear con fuerza el pecho insulfado de la bestia?

¿Creerá Rubens, al igual que yo, que nada sucedió, que en verdad solo eres una leyenda?

¿Es que acaso siempre estuvimos solos?

San Jorge, ¿en dónde estás?

Y en dónde está la princesa deprimida a la que salvaste de la muerte, del sacrificio, del dolor, de la traición.

¿Hemos olvidado ya el cinturón hecho con la tierna piel de su amado cordero? Ése con el que ataste el cuello del enorme dragón para domarlo, para tranquilizarlo, para poder aniquilarlo.

No te veo hoy, San Jorge, y me aterra enfrentarme a mí mismo sin tu fuerza, sin tu sabiduría. Sin tu idea.

Yo he extraviado la pequeña medalla que llevaba al cuello con tu imagen, con tu verdad, con tu encomienda. Los rosales, ésos que emanaron de la sangre brutal de la bestia, han dejado de florecer dejando solo espinas que abrazan mis pasos y adormecen mi tacto.

¿En dónde estás San Jorge ahora que más que nunca te necesitamos?

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