(En un ejercicio de redacción me pidieron que escribiera como si supiera que mañana no lo podré hacer más. Esto es lo que salió.)

Hoy escribo por última vez.

Lleno mis pulmones de calma, me miro a mí mismo de cuerpo completo, me observo y penetro uno a uno en mis complejos, mis sombras, mis atrocidades. Me acerco a ellas, tanto que parece que podrán derribarme de nuevo: se arremolinan, rozan mi piel y me hacen sentir débil, frágil. Quebrado.

Son los trazos de mi propia historia. Se apoderaron de mí el día en que dejé de escribir. Permití que poco a poco suplantaran mi identidad para ahogar despacio a ése que alguna vez fui. Cambié de piel sin darme cuenta, cambié de mirada, cambié de ser.

Me olvidé.

Durante siglos anduve perdido viviendo una existencia que no era mía, hasta que en penumbras encontré mi figura distorsionada en un reflejo. Entendí que había lastimado, segregado, condenado y amputado. Compromisos, rumbos, destinos, delirios. Solo supe convertir las lágrimas en tinta y escribir. Me describí con palabras ciertas y las atrocidades retrocedieron; primero soltaron un brazo, mis ideas, ambas piernas y al final el latido de mi corazón. Me recuperé sabiendo que no era el mismo, pero estaba vivo. Estaba aquí.

Esta mañana desperté con la noticia de que la palabra escrita me será retirada. Por decreto, porque sí. Escribo esto sabiendo que no lo haré más: mañana al amanecer volveré a estar desamparado y solo puedo rezar para que entonces no regresen los miedos para devorarme, para morder mis falanges, para permitir que me vuelvan a rodear las atrocidades. Esas mismas que acechan, que esperan, que dormitan, que vuelven para convertirse de nuevo en lo que soy, en un mundo sin escritura, un mundo sin mí.

Ilustración: Wilco, “Sunloathe”.

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