Imaginé una lista de cosas que no se pueden congelar; llegaron a mi mente con una brisa gélida una extraña madrugada.

La bola rápida de Noah Syndergaard.

El amanecer.

Un beso, la respiración, el movimiento de la Tierra.

Un suspiro y el fuego (aunque alguna vez escuché de un imbécil que intentó congelarlo y lo perdió todo en el intento).

Un sismo.
El canto de un pájaro.
Tu voz.

El viento que lo arrastra y se lo lleva todo. El amor. El odio. El dolor. La alegría. La tristeza.

Los escalofríos.

El sonido de un piano. Lejano. Solitario.

Las ideas.
Tus convicciones.
Todo lo que veo cuando cierro los ojos.

La locura que provoca el gol de tu hijo en un partido de futbol.

El paso del tiempo y la consecuencia irremediable que tiene en nuestro cuerpo, en nuestro rostro erosionado, en nuestro sentimiento.

La fiebre cuando estás enfermo.
Las pesadillas.
Las alucinaciones.

Todos esos huecos en los que hoy no hay más que carencias, ausencia.

El olvido.

El miedo. El coraje. El enojo. Y todos los demás sentimientos que producen las lágrimas; esas mismas que pueden ser congeladas y permanecer así, estáticas.

Hasta el día de nuestro deshielo.

Foto: Old Wave & New Romantics

 

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