Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

Month: March 2017

Ella y la Bestia

Ella está ahí casi igual a como yo la recuerdo.

Camina por la plaza del pueblo y canta mientras la gente que la rodea la observa y balbucea, también cantando, a sus espaldas.

Aún habla del deseo de tener algo más que una simple vida provenzal.  

Aún sueña.

Conozco bien su historia.

Sé lo que va a suceder, pero aún así siento una extraña emoción por verla presa en el oscuro castillo en el que habita la terrible bestia. Quiero ver el modo en que, valiente, aceptará el encierro para liberar a su padre de la prisión del absurdo.

Quiero ver su primer encuentro con el ser oscuro y maldito, condenado a la amargura por haberle negado el refugio a la anciana que huía de la helada tormenta. Y sobre todo, quiero ver la manera en que la luz de ella irá iluminando hasta el más recóndito rincón de aquel laberíntico y retorcido castillo.

Sí, ella está ahí casi igual a como yo la recuerdo. No ha cambiado.

El que ha cambiado soy yo.

Porque han pasado 25 años.

Lo distinto es mi mirada.

Mis manos y lo que han tocado. Lo que soñaba en aquel entonces y lo que he dejado de soñar.

Porque la conocí antes, incluso, de conocerme a mí mismo.

Antes del quebranto. Antes del desamor. Antes de los suicidios, tristes y acumulados.

Antes de los días desesperados.

Y también antes de la alegría extrema, única y perfecta, de saberme padre de la vida de un nuevo ser.

Antes de los silencios, los gritos y los suspiros que exhalas al creerte derrotado.

Antes del ahora que se ha desdoblado durante nueve mil amaneceres.

Antes de Bella quien regresa casi igual a como la recuerdo para hacerme añorar la inocencia, la ternura, la bondad de ése que alguna vez fui.

Para hacerme ver que los seres oscuros en quienes nos transformamos al volvernos adultos tienen aún esperanza de ser rescatados por aquellos que ven en nosotros lo que nosotros mismos hemos dejado de ver; por aquellos que creen de nosotros lo que nosotros mismos hemos dejado de creer.

Ella está ahí casi igual a como yo la recuerdo para revelarme todo lo que olvidé. Y por ello me cautiva quizás más que nunca.

Porque al final y pese a todo, siempre habrá alguien en algún lado que pueda aprender a amar a una bestia.

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Deshielo

Imaginé una lista de cosas que no se pueden congelar; llegaron a mi mente con una brisa gélida una extraña madrugada.

La bola rápida de Noah Syndergaard.

El amanecer.

Un beso, la respiración, el movimiento de la Tierra.

Un suspiro y el fuego (aunque alguna vez escuché de un imbécil que intentó congelarlo y lo perdió todo en el intento).

Un sismo.
El canto de un pájaro.
Tu voz.

El viento que lo arrastra y se lo lleva todo. El amor. El odio. El dolor. La alegría. La tristeza.

Los escalofríos.

El sonido de un piano. Lejano. Solitario.

Las ideas.
Tus convicciones.
Todo lo que veo cuando cierro los ojos.

La locura que provoca el gol de tu hijo en un partido de futbol.

El paso del tiempo y la consecuencia irremediable que tiene en nuestro cuerpo, en nuestro rostro erosionado, en nuestro sentimiento.

La fiebre cuando estás enfermo.
Las pesadillas.
Las alucinaciones.

Todos esos huecos en los que hoy no hay más que carencias, ausencia.

El olvido.

El miedo. El coraje. El enojo. Y todos los demás sentimientos que producen las lágrimas; esas mismas que pueden ser congeladas y permanecer así, estáticas.

Hasta el día de nuestro deshielo.

Foto: Old Wave & New Romantics

 

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#GhostOfMyself

#GhostOfMyself

#GhostOfMyself

No soy más que el fantasma de mí mismo.

El que huye de las ilusiones para engancharse con los accidentes, las carencias, los temores y las traiciones.

El que un día decidió jugar al escapista, disfrazarse de Houdini, atarse los brazos con vendas húmedas y el alma con cadenas.

El que incendió el carrusel con todo y corceles, luces, destellos y música.

El que inventó el silencio.

Por eso digo que no soy más que el fantasma de mí mismo, así como tú eres el tuyo.

Y ambos nos escondemos el uno del otro.
Nos extraviamos.
Nos asustamos.

Pero al finalizar el día, cansados, imaginamos que nos abrazamos y nos rezamos para que entre tantas sombras podamos volver a encontrarnos.

(Para N.)

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Involución

Escribí este texto en 1995, unos días después del fallecimiento de mi abuela; hoy me parece relevante traerlo de nuevo a la luz. 

(Por cierto, es el primer texto que me publicaron y con él inicio este blog).

Jamás olvidaré la expresión en el rostro de mi abuela, la mirada agonizante que ya no veía, los espasmos interminables provocando que la habitación del hospital se llenara de angustia. Un par de días antes la habían encontrado inconsciente en baño, delirando, y a punto de perder el contacto con la realidad. Una baja de sodio, dijo el doctor, nada que no podamos tratar, en un par de días saldrá caminando por la puerta del hospital. Pero ahora yacía allí, batiéndose entre la vida y la muerte, entre el recuerdo y el olvido, con el tubo del respirador llagando sin piedad la comisura de su boca, con los ojos abiertos, muriendo. Y yo no podía hacer más que pensar en cómo la vida se le escapaba de las manos y en que, tarde o temprano, a mí me sucedería lo mismo. Nacemos para morir y cada vez que vemos a un viejo nos lo recuerda. Los escondemos o simplemente apartamos la mirada de sus pieles grises y arrugadas, pero en algún momento tenemos que afrontarlo. La nostalgia y el tiempo terminan fundiéndose en un solo término: vejez.

No creo que mi abuela haya comprendido realmente lo que sucedía en el mundo que la rodeaba; es más, ni siquiera creo que haya estado consciente de mis broncas con mamá y papá; de mis noches en vela escribiendo, tomando lo que fuera a cambio de un instante de inspiración; de la velocidad y la paranoia que caracterizan mi tiempo, o del sinsentido existencial arraigado en mi cuerpo. Ella nació, creció, se reprodujo y después comenzó a morir lentamente entre sus recuerdos. Hablaba de la vez en que había ensayado, durante horas, en el duro teclado mudo; de la manera en que sus dedos habían temblado de dolor ante la tortura de la memorización; de la vez en que encontró, en la mirada del abuelo, aquello que había estado buscando. Día tras día se fue encerrando en el ayer al punto de quedar atrapada en sus recuerdos. Había logrado aislarse del mundo que, ante sus ojos, resultaba incomprensible. Ahora su mirada ya no veía, sus oídos ya no escuchaban, su piel ya no sentía. Solo recordaba el eco eterno que producía lo vivido en algún lugar del ayer. Sentí coraje al verla así, tal vez porque me resultaba imposible ayudarla, a lo mejor porque en el fondo tenía la certeza de que yo mismo envejecería y dejaría de respirar.

Sentí coraje al verla así, tal vez porque me resultaba imposible ayudarla, a lo mejor porque en el fondo tenía la certeza de que yo mismo envejecería y dejaría de respirar.

Nadie hablaba de la vejez, parecía ser el tabú de mi generación. Con mis amigos había hablado de la guerra, del sida, de las chicas, del sexo, de la demencia, de la nostalgia, de música, de los secuestros, del viaje a la luna, del maldito universo, de la droga, del amor, del odio, de política, de existencialismo, de la realidad virtual. De todo menos de la vejez.

Al ver a mi abuela comprendí que no tocábamos el tema porque hacerlo resultaba doloroso. Porque hablar de la vejez nos hacía darnos cuenta que la vida era finita. Porque los viejos alguna vez fueron como nosotros, con ideas y corazones que explotan de pasión. Porque a nadie le gusta ser frágil. Porque todos lo somos. Preferimos voltear la mirada hacia un horizonte vacío a tener que mirar las arrugas en sus manos. Mejor saturar nuestros oídos con redobles y gritos a escuchar las historias que ellos pueden contar. Preferimos negarlos a aceptarlos, esperando que jamás llegue nuestra propia vejez.

Los espasmos terminaron un día antes de que mi abuela muriera. De pronto sus ojos se cerraron y su rostro se llenó de calma. Nunca sabré lo que pasaba por su mente en aquellos momentos, pero me gusta pensar que anduvo por los pasillos de su imaginación y revivió la gloria de su vida. Corrió descalza hasta encontrar el cajón donde guardó su niñez, luego sonrió y se despidió de sí misma.

Al ver el rostro de la tranquilidad con que mi abuela murió, pensé que tal vez la vejez no era tan mala, quizá solo era una oportunidad para regresar a la inocencia contenida en nuestro interior, una involución más que una traición. Posiblemente al envejecer, al quedar aislados en nuestro propio cuerpo, al dejar de comprender lo que sucede a nuestro alrededor, tenemos la oportunidad de entender la extrañeza de nuestro pensamiento, la complejidad de nuestro sentimiento, la oportunidad de pedir perdón. Por extraño que pueda parecer, el día en que mi abuela falleció germinó en mí la idea de que la vejez no marcaba el inicio de un fin inminente, sino el principio de una reconciliación personal que termina con la muerte.

(Texto publicado originalmente en junio de 1998 en la revista Complot Internacional).

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