Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

Aerostatos

Foto: By Prudent René Patrice Dagron (1819–1900)[1] [Public domain], via Wikimedia Commons.

En un principio, por la bruma, era imposible verlos.

Uno tenía que acercarse despacio, para empezar a reconocerlos. Blancos, siempre blancos, flotando suspendidos como deseo inconclusos, deseos jamás soñados, deseos no realizados.

Cuando el viento soplaba se movían todos juntos hacia la misma dirección, como si los uniera el material genético de una sola persona.

Los globos comenzaron a aparecer en las azoteas después del sismo. Un rumor generado en el rincón más oscuro de nosotros mismos se esparció por las calles destruidas de la ciudad: ahí en donde hubiera temor era necesario colocar un globo blanco para exorcizarlo. Había que soplar al miedo en él y luego terminar de llenarlo con helio para el que el globo se elevara y flotara fuera de casa.

Algunos consideraron la idea absurda, pero los angustiantes sueños de aquellas noches sin dormir los obligaron a pensárselo de nuevo. Infantes, hombres, mujeres y ancianos, cada uno sopló un globo blanco y lo colocó en la azotea de su edificio, creando así entre todos un ridículo paisaje de aerostatos blancos flotando por siempre en la ciudad del miedo.

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Islandia

Islandia.

Sitio de emociones desterradas.
Congeladas.
Cubiertas de escarcha, invisibles entre tanto frío.

Islandia.

Cavernas de hielo que conducen a un corazón deshecho. Lastimado. Sin consuelo. Las córneas se han desprendido de nuestra mirada. El frío provoca una ceguera irremediable. Nos buscamos a tientas sin poder encontrarnos, sin poder tocarnos. Perseguimos ecos y por ende, nos perdemos.
Cada vez más lejos.
Yo en tu frialdad y tú en la mía. En mi Islandia emocional, siempre carente de sentido. En ese lugar en el que ambos habitamos desde que nos fuimos.
Hacia ningún lado.
Sin mirar atrás.
Condenados.

A Islandia.

Al eterno frío.

(FOTO: Moyan Brenn from Anzio, ItalyCC-By-2.0)

 

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Siete días

A. me miró y confesó que había ido a ver a la maestra con la que los niños van cuando se sienten tristes.

—¿Quién es ella? —pregunté curioso, pues jamás oí hablar de alguien así.

—No me acuerdo cómo se llama, pero cuando vas con ella se te quitan las ganas de llorar.

Solo habían pasado siete días del temblor. Siete días de un miedo impregnado. En todos y en todo. Siete días de mirar atónito. De no dar crédito. De quebrarnos y levantarnos, casi al mismo tiempo.

Siete días de gente con el puño en alto, pidiendo silencio. De Fridas y Titanes. De dolor. De extraña inspiración. De heroicos jóvenes y heroicos viejos. Sacerdotes y militares. Creyentes y ateos. Mexicanos y extranjeros.

Siete días de contener muros agrietados con polines, con vigas, con lo que sea.  Siete días de contener nuestras emociones.

Y sí: de contener el llanto.

Al escuchar a mi pequeño de siete años deseé también poder ir con aquella maestra capaz de curar la tristeza y, seguramente también los sueños malos, las traiciones, los fracasos, las desesperaciones. Deseé tener la certeza de que ya no habría más temblores en mi país, ni en mi alma, ni en ningún otro lado. Deseé creer que todo estaría bien, que en algún momento el dolor cesaría y que la vida irremediablemente continuaría.

Deseé también no olvidar lo que sentí durante estos siete días, porque a pesar de todo me supe acompañado, amado y extrañamente vivo.

Siete días. Y al final, solo y en silencio: lloré.

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Los Golems

Un Golem de piedra.

Dicen que cuando mueren los Golems dejan una flor.

En el lugar preciso en el que su cuerpo se esfuma surge de la nada la vida nueva, perpetuando un recuerdo, un momento, una ilusión.

Dicen que en vida los Golems fueron fríos, duros, de roca, de hierro y algunos de hielo. En su interior, debajo de esa compleja estructura articulada por el coraje hacia su creador, un secreto ellos guardaban.

Secreto que sólo pudo ser revelado al momento en que cayeron aniquilados aquellos imponentes gigantes fieros.

Una flor.

¿Qué secreto revelaremos nosotros, simples humanos, el día en que caigamos?

¿Seremos Golems de flores y recuerdos?

¿O espectros sensibles sembrando olvido a donde quiera que vayamos?

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Viernes

Papá se quedó sin trabajo el viernes pasado. Ese día llegó a casa temprano, transformado.

Me abrazó.

No dijo nada en torno a lo sucedido, pero me invitó a caminar descalzo en el jardín y luego fuimos por una paleta helada. En sus ojos había algo distinto, como si de pronto nada obstruyera la luz que los iluminaba. Como si ya no hubiera sombras, ni dudas, ni angustias, ni miedos, ni absurdos, ni juntas, ni métricas, ni presentaciones, ni permisos para salir de vacaciones, ni aviones, ni turbulencias. Como si en lugar de todo aquello solo estuvieran él y su esencia.

Comimos temprano y fuimos al parque a jugar beisbol. Él reía y eso me hizo sentir bien. Desde hace mucho tiempo no lo veía así. Y es que ese hombre flaco y sin pelo que es mi papá, se había convertido en una especie de sombra que estaba ahí, pero sin estar presente. Una idea nada más, algo así como un recuerdo o como el personaje de un sueño feo con el que no quieres hablar, ni jugar. Alguien a quien jamás puedes abrazar. Un ser al que sabes presente, pero que adivinas siempre ausente.

Lanzamos la pelota por más de una hora y el sonido seco de la misma en las manoplas me pareció como el latido fuerte de su corazón que regresaba al lugar al que pertenecía. Contagiando fuerza, vitalidad y alegría.

Luego de lanzar y cachar, papá sacó una manzana de su mochila y con sus manos grandes de dedos pálidos y delgados, la partió. Me regaló una mitad y devoró la otra.

Espalda con espalda nos sentamos y permanecimos en silencio hasta que llovió.

Sí: Papá se quedó sin trabajo el viernes pasado, pero ese día finalmente volvió.

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Señor del Absurdo Decreto

El señor se sabía tan poderoso que, por decreto, cambió el significado de las palabras. De ese modo cirugía ya no significó “parte de la medicina que se ocupa de curar las enfermedades, malformación, traumatismos, mediante operaciones manuales o instrumentales”, sino que “examen químico de una muestra orgánica o inorgánica, que consiste en determinar la naturaleza y proporción de las sustancias que la componen”.

Los médicos se miraron perplejos.

Uno de ellos se atrevió a cuestionar el cambio y la lengua le fue amputada.

Al día siguiente fallecieron tres mujeres que debían ser sometidas a lo que antes era una cirugía y a las que simplemente se les practicaron unos análisis.

Después de eso el mundo entero guardó silencio sabiendo que, poco a poco, tendría que volver a aprender el significado de las cosas.

Por capricho. Por poder. Por decreto.

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Corona marchita

Foto: Del Instagram de alaina_victoria3

Soy el Rey de las Flores Marchitas.

El que a mitad de la noche trajo el silencio para esparcirlo en tu cuerpo desnudo e indefenso.

Soy el que impregnó el dolor, el que desapareció de cada portarretratos, de aquellos momentos felices en los que reíamos encantados. Miradas destellantes, llenas de vida, condenadas -aunque no lo supiéramos- por mi posterior ausencia.

Soy yo el que incendió recuerdos, el que bebió amaneceres hasta emborracharse con ellos. El que anduvo sin rumbo, pero con la esperanza de que algún día, en algún lugar, pudiera encontrarte de nuevo.

Soy el Rey de las Flores Marchitas, con mi corona de girasoles secos, esperando que algún día una chispa los encienda para transformarlas en ceniza. Para que entonces la muerte reseca y ambigua deje de rondar en mi cabeza.

Soy el arrepentimiento, aunque no me lo creas, el ser que quisiera desandar ese camino de enredos para llegar al centro de sí mismo. A ese sitio en donde todo es simple, en donde las flores están vivas y mi amor por ti puede volver a ser eterno.

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Bruma

Hay días en que la bruma no nos deja ver. Por más que intentemos, los faros permanecen lejanos.

Distantes.

Ausentes.

Nuestras miradas los buscan, sabiendo que realmente están ahí, pero incapaces de encontrarlos. Nuestros ojos desesperan. Lloran arena en cámara lenta. Se cierran.

Y entonces andamos a tientas.

Otra vez, a tientas.

No queriendo ver, aunque nos lo propongamos.

Volviéndonos invisibles, aunque jamás desaparezcamos.

Condenándonos a la mutua ceguera.

Por siempre.

Pero cuando el viento sopla. Cuando transgrede la niebla. Cuando nos devuelve la luz y con ella la vista. Y se lleva la arena. Y los miedos. Y las ideas. Cuando los párpados se liberan y no duermen más.

Entonces la bruma se va y llegan las lágrimas con nuestros faros encapsulados. Húmedos y oxidados. Pero nuestros. Para guiarnos de una vez y para siempre a esa playa en donde el dolor es olvido y el olvido es perdón.

Ese lugar (único) en donde el viento sopla a favor.

 

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Monstruo mío

Tengo un monstruo mío.

Habita en mi casa y cada vez que me ve orina de emoción. A veces gruñe, a veces resopla, siempre se acerca para tratar de devorar mis miedos, mis absurdos, mis inseguridades. Para lamer las heridas en mi corazón.

Tengo un monstruo mío, una adorable bestiecilla que roe huesos y cartílagos. Pasa las noches en vela como si fuera un centinela y si yo aparezco descalzo entre tanta sombra de inmediato se levanta para olisquear mis pies.

Mi monstruo es pequeño, de colmillos afilados.

Mi monstruo es temeroso y tierno.

Juega con los niños.

Le gusta acompañarme a correr y lo puede hacer a lo largo de 19 kilómetros. Me voltea a ver ocasionalmente con algo parecido a una sonrisa dibujada en su hocico.

Roba suspiros con su moño rojo atado al blanco pelaje que envuelve su cabeza. Fascina a las niñas que la siguen con atención.

Mi monstruo, mi adorable bestiecilla, me ha acompañado en los días de sombra, los días de extravío, los días en conflicto conmigo mismo. Me ha levantado el ánimo más de 300 veces con su noble alegría, sus brincos y sí: hasta con su orina.

Tengo un monstruo mío que se llama Mía.

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Humo mío

Trabajaba en una fábrica de mesas y su encanto por el humo surgió en ese lugar. Durante años lo ignoró, quizás ciego a su maravillosa danza, a sus sutiles movimientos, a sus infinitas y suaves caricias al viento. Ahora no podía dejar de mirarlo. En cuanto comenzaba a pirograbar su atención se centraba en el humo, no en el diseño sobre la madera tierna.

Se sentía cautivado, hipnotizado y con el absurdo deseo de poder tocarlo. Quería guardarlo en un frasco, en una jaula, coleccionarlo. Quería que el humo fuera suyo y de nadie más. Que su movimiento se volviera eterno, que lo envolviera para nunca dejar de cautivarlo. No solo quería al humo: lo amaba y en absurdos momentos de delirio pensaba en dejarlo todo por él.

Pese a su amor el ser etéreo se le escapaba, lo evadía, se disipaba y él terminaba mirando los trazos quemados sobre la madera sin vida, sin sentido, tras las largas jornadas de trabajo.

La última vez que lo vieron fue la tarde antes de la tragedia. Dicen que salió temprano argumentando una cita con el doctor. Dicen que se marchó serio, dubitativo, murmurando algo acerca de la ambigüedad del deseo. Era un hombre viejo, callado e introvertido: un extraño en el lugar de trabajo.

La fábrica se incendió de noche y de ella no quedó más que ceniza y fierro retorcido. Una vez que el fuego fue controlado el humo se disipó para volver a ese sitio en el que no hay absolutamente nada. Ni sentimientos, ni emociones, ni ilusiones.

Solo vacío.

Foto: Jeff*Martin

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