Porta Oscura

Por Eduardo Scheffler

metamorphosis

Morfosis

¿Y si el encierro colectivo fuera solo el capullo?

¿Si, aislados, cada uno de nosotros se transformara?

Cuerpos, rostros, almas y conciencias modificadas para siempre después de 911 días de no ver la luz.

¿Cómo seríamos?
¿Cómo saldríamos al terminar la cuarentena?
¿Cómo volveríamos a entender al mundo, a andar en él?

A bailarlo, a cantarlo, a admirarlo, a escribirlo.
A cuidarlo.

¿Y si el encierro colectivo fuera solo el capullo?

¿Extendería cada uno de nosotros sus alas únicas y llenas de color al salir?
¿O permanecerían ocultas por las sombras de nuestros propios cuerpos? Como permanecen ahora, escondidas, en días llenos de duda, de miedo, en los que nos negamos a aceptar que la metamorfosis, esa transformación inminente, ya ha comenzado.

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Los nuevos desiertos

Los nuevos desiertos

Ahora mis sueños también están desiertos.

Imágenes rotas de lugares que alguna vez fueron, pero que ahora solo son recuerdo.

Playas, museos, teatros y salas de concierto abandonados a su suerte.

Sin ruido.
Sin gente.
Sin sentido.

Ese enorme monumento de bronce,
el del hombre sobre un caballo que eleva una de sus dos patas,
también ha sido cubierto por esa fina capa de ceniza
del mismo color que el olvido y que cae despacio, como si fuera nieve.

Nunca deja de caer.

Ahora mis sueños también están desiertos,
porque no son más que la réplica alterada
de un mundo que desde hace demasiado tiempo vive enfermo.

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Paréntesis

Paréntesis

La vida entre dos cristales,
desde los que se desarrolla el drama,
del encierro y de las notificaciones.
De lo incierto.

Encerrados, todos como variables,
entre paréntesis,
esperando a ser despejadas.

De la duda y del temor.
Del encierro y de lo incierto.

Atrapados entre los paréntesis de nuestras ventanas,
bailamos y reímos,
brincamos y jugamos,
trabajamos, pintamos y escribimos.

También rezamos.

A veces alegres, a veces enfadados.
Asustados y desesperados.
Queriendo entender cómo es que (la vida) ha quedado suspendida,
congelada entre los paréntesis de lo incierto.

Esperando a ser despejada.

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Salvaje

Salvajes

Ahí están.

Sobre el escritorio, cubiertos por esa piel oscura que me hace pensar en seres vivos. Con sus lomos arrugados y heridos. Lastimados de tanto apoyarse sobre ese escritorio de madera sobre el que suelo escribir antes de que amanezca. Antes de que el mundo entero se llene de ruido y de caos.

Ahí están. Y casi puedo sentir cómo respiran.

Se han comenzado a mover solos, clamando independencia. Creo que alguna vez fueron míos: mis anhelos, mis delirios, mis palabras. Transformados día a día en una historia, hasta sufrir esa inaudita metamorfosis que convierte a una simple idea en una novela.

Supongo que jamás estará terminada. Supongo que cada vez que mis dedos vuelvan a acariciar los lomos de animal salvaje de los tres tomos que las contienen, me pedirán que las acaricie de nuevo, que las modifique, que me pierda y adentre en la absurda marejada de mis palabras.

Ahí están los cuadernos de piel en los que escribí el primer borrador de una novela que ahora pienso en cómo publicar.

Es algo que jamás he hecho y el trayecto parece largo e incierto en un mundo que se complica un poco más cada día. Hoy es 11 de marzo de 2020 y el planeta parece de rodillas ante una enfermedad nueva e incierta que ha contagiado ya de miedo a una buena parte de la raza humana.

Me incluyo.

Ayer se fueron las primeras copias de ese manuscrito queriendo abrirse camino entre el desorden y la incertidumbre. Imagino a mis palabras avanzando despacio entre el miedo, con la esperanza (¿ilusa?) de saberse hacer escuchar en un planeta que grita, de ser un pequeño destello en los días de angustia, de llamar la atención de alguien que me pueda ayudar a publicarlas.

Mientras, yo vuelvo a acariciar sus lomos de animal salvaje y me atrevo a leer de nuevo el relato de un viejo solitario y sus tristes culpas.

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Intoxicación, sobredosis de información

Intoxicación

Intoxicación.

El asco sube desde mi estómago, por el esófago, hasta llegar a mi boca, solo para ser deglutido de nuevo y quedar almacenado en algún lugar de mi cuerpo; el mismo en donde están todos mis silencios, mis secretos y mis miedos. Ahí el asco encuentra su lugar con novedosos nombres. Punzantes y peligrosos. Ingrid Escamilla, Fátima, Corona Virus. Covid-19. Los protagonistas del drama de los últimos días que danzan una y otra vez ante mí, aunque todos ellos sean sinónimo de dolor y de muerte.

Los miro aterrado e hipnotizado al mismo tiempo.

Sin que me dé cuenta se convierten en una nueva y pequeña adicción a la que vuelvo y regreso cada vez que puedo, con los desesperados gestos de mis pulgares sobre la pantalla luminosa de un celular que es un lugar sin luz cuando está apagado.

Mi tacto sobre aquella pantalla es la clave morse de la angustia colectiva, gobernada por tendencias y por likes.

Al finalizar el día, no puedo más.

Me siento abatido, seguro de que todos juntos avanzamos hacia un abismo negro en el que, en realidad, vivimos ya desde hace muchos años, cuando empezamos a jugar a estar sobre comunicados.

Intoxicación.

Sobredosis de información.

En silencio me hago un juramento: cada de vez en cuando me regalaré un día sin noticias, sin estadísticas, sin hashtags ni nombres perdidos. En cambio, tomaré de la mano a aquellos que amo, los abrazaré fuerte, fuerte, fuerte, pasearemos por las calles, por los parques, comeremos helados y jugaremos una y otra vez a ver cómo se pone el sol en un mundo que hoy sigue aquí y que, pese a todo, sigue siendo maravilloso.

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Día de muertos

¿Y si en este Día de Muertos nos vestimos de flores?

Si nos abrazamos fuerte para acabar con ese frío que viene de adentro y al que en otros lugares llaman miedo.

Si bebemos nuestras lágrimas hasta que nos quiten la sed y el llanto eterno sea solo un recuerdo.

Si nos miramos y nos reconocemos y nos abrazamos y nos morimos.

Y en silencio nos tocamos y nos vestimos de flores.

Y entonces, juntos, vivimos de nuevo.

(Para N.)

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Brumosos

Mi akitaSoñé con objetos brumosos.

Las cataratas en los ojos de Taro, el perro que tuve cuando me supe adolescente.

Una akita fuerte, fiel, amorosa y silente.

Un animal que se quedó ciego con el paso del tiempo, como nos quedaremos todos aunque sigamos viendo.

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Aerostatos

Foto: By Prudent René Patrice Dagron (1819–1900)[1] [Public domain], via Wikimedia Commons.

En un principio, por la bruma, era imposible verlos.

Uno tenía que acercarse despacio, para empezar a reconocerlos. Blancos, siempre blancos, flotando suspendidos como deseo inconclusos, deseos jamás soñados, deseos no realizados.

Cuando el viento soplaba se movían todos juntos hacia la misma dirección, como si los uniera el material genético de una sola persona.

Los globos comenzaron a aparecer en las azoteas después del sismo. Un rumor generado en el rincón más oscuro de nosotros mismos se esparció por las calles destruidas de la ciudad: ahí en donde hubiera temor era necesario colocar un globo blanco para exorcizarlo. Había que soplar al miedo en él y luego terminar de llenarlo con helio para el que el globo se elevara y flotara fuera de casa.

Algunos consideraron la idea absurda, pero los angustiantes sueños de aquellas noches sin dormir los obligaron a pensárselo de nuevo. Infantes, hombres, mujeres y ancianos, cada uno sopló un globo blanco y lo colocó en la azotea de su edificio, creando así entre todos un ridículo paisaje de aerostatos blancos flotando por siempre en la ciudad del miedo.

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Siete días

A. me miró y confesó que había ido a ver a la maestra con la que los niños van cuando se sienten tristes.

—¿Quién es ella? —pregunté curioso, pues jamás oí hablar de alguien así.

—No me acuerdo cómo se llama, pero cuando vas con ella se te quitan las ganas de llorar.

Solo habían pasado siete días del temblor. Siete días de un miedo impregnado. En todos y en todo. Siete días de mirar atónito. De no dar crédito. De quebrarnos y levantarnos, casi al mismo tiempo.

Siete días de gente con el puño en alto, pidiendo silencio. De Fridas y Titanes. De dolor. De extraña inspiración. De heroicos jóvenes y heroicos viejos. Sacerdotes y militares. Creyentes y ateos. Mexicanos y extranjeros.

Siete días de contener muros agrietados con polines, con vigas, con lo que sea.  Siete días de contener nuestras emociones.

Y sí: de contener el llanto.

Al escuchar a mi pequeño de siete años deseé también poder ir con aquella maestra capaz de curar la tristeza y, seguramente también los sueños malos, las traiciones, los fracasos, las desesperaciones. Deseé tener la certeza de que ya no habría más temblores en mi país, ni en mi alma, ni en ningún otro lado. Deseé creer que todo estaría bien, que en algún momento el dolor cesaría y que la vida irremediablemente continuaría.

Deseé también no olvidar lo que sentí durante estos siete días, porque a pesar de todo me supe acompañado, amado y extrañamente vivo.

Siete días. Y al final, solo y en silencio: lloré.

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Los Golems

Un Golem de piedra.

Dicen que cuando mueren los Golems dejan una flor.

En el lugar preciso en el que su cuerpo se esfuma surge de la nada la vida nueva, perpetuando un recuerdo, un momento, una ilusión.

Dicen que en vida los Golems fueron fríos, duros, de roca, de hierro y algunos de hielo. En su interior, debajo de esa compleja estructura articulada por el coraje hacia su creador, un secreto ellos guardaban.

Secreto que sólo pudo ser revelado al momento en que cayeron aniquilados aquellos imponentes gigantes fieros.

Una flor.

¿Qué secreto revelaremos nosotros, simples humanos, el día en que caigamos?

¿Seremos Golems de flores y recuerdos?

¿O espectros sensibles sembrando olvido a donde quiera que vayamos?

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